Desde motivadoras para que practiquemos deporte hasta las que monitorean constantes vitales de nuestro cuerpo. En la actualidad disponemos de apps para satisfacer prácticamente cualquier faceta de nuestra vida y, en este contexto, no era de esperar que las apps que nos dicen qué debemos comer llegasen, y con fuerza.

Estas apps pueden ser muy útiles a la hora de elaborar un menú saludable o adaptado a nuestras necesidades alimentarias, aunque el problema está en que el consumidor, por lo general, tiene un lío monumental en cuanto a conceptos nutricionales y recibe mensajes contradictorios de publicistas, fabricantes y también de las apps que nos ocupan.

Empecemos por el principio. El funcionamiento de estas apps es muy sencillo: acercar el móvil al código de barras de un producto es suficiente para conocer la calidad nutricional de un alimento, pero ojo, porque los criterios en los que se basa la información obtenida son dispares y controvertidos.

Para empezar, hay que diferenciar en cuanto a términos nutricionales: no es lo mismo procesado, bajo en calorías o azúcares, light, sin gluten y un largo etcétera. Partiendo de esta base, un mismo producto puede ser beneficioso para una persona y perjudicial para otra, sin entrar en las que padecen alergias o intolerancias alimentarias o quieren seguir alguna dieta.

Asumiendo que el consumidor conoce algo sobre nutrición, el principal problema se encuentra en la calidad de la base de datos que utilizan la mayoría de estas apps de escaneo y en la información que transmiten al usuario.

“El principal problema se encuentra en la calidad de la base de datos que utilizan la mayoría de estas apps de escaneo y en la información que transmiten al usuario”

En España, por el momento no hay una base de datos centralizada con el 100% de los productos alimentarios que contenga información de ingredientes, alérgenos, descripción de producto, etc. La mayoría de las aplicaciones se nutre de una base de datos pública de origen francés (Open Food Facts), que se alimenta de la colaboración popular, es decir, los usuarios suben y actualizan los productos que figuran en ella. Esto la convierte en una base de datos poco fiable, ya que no existen garantías de que la información sea correcta.

El segundo gran problema es la información que nos transmiten sobre los productos que nos vamos a llevar a la boca. Por ejemplo, la tan de moda Yuka puntúa los productos de 0 a 100 calificándolos como buenos (verde), mediocres (naranja) y malos (rojo). Para otorgar dicha puntuación se basan en un 60% en la calidad nutricional, en un 30% en la presencia de aditivos y en un 10% en el origen ecológico del producto. El problema está en que estos criterios no los sustentan estudios científicos, son totalmente subjetivos y basados en lo que un equipo de personas ha creído oportuno.

Luego está el asunto de puntuar si el producto es ecológico o no, algo que tiene mayor impacto en el medio ambiente y la sostenibilidad que en la propia salud. Un producto puede ser ecológico y nutricionalmente no considerarse saludable, y ahí es dónde se puede empezar a generar la confusión en los consumidores.

De manera que el consumidor que no dispone de la formación ni de la información necesaria, ya está sumido en el caos. Yuka dice contar con 10 millones de usuarios.

MyRealFood, otra app nutricional, divide los alimentos escaneados en comida real, buen procesado y ultra procesado, sin tener en cuenta (o sí…) que ya existe una escala de valoración para ello: el sistema NOVA, desarrollado en 2010 y que clasifica los alimentos por su grado de procesamiento en base a evidencias científicas.

La preocupación por lo que comemos y por llevar un estilo de vida saludable ha propiciado la proliferación de estas apps y en manos del usuario está informarse y saber elegir la que le puede ser de ayuda. Primero, es fundamental conocer el perfil y necesidades alimenticias de cada uno. Después, elegir una app que responda a criterios científicos y objetivos (que no sean los usuarios los que modifiquen la base de datos a modo de Wikipedia, sino los creadores de la app en colaboración con los fabricantes, y que detrás de la app exista un equipo de dietistas – nutricionistas profesional).

Y, sobre todo, evitar aquellas apps que infunden el miedo al consumo porque, sin conocimientos nutricionales, algunas aplicaciones nos pueden llevar a un mundo paralelo de desconocimiento, dudas y desconcierto.

Lo que es seguro es que estamos en el buen camino, en el de querer saber lo que comemos, preocuparnos por nuestra alimentación y por conocernos más y mejor.