Opinión

“Consecuencias de sanciones económicas a Rusia”

​La opinión de Joan Mier Albert, abogado de Gobernanza Alimentaria
Joan coyuntura
​Joan Mier Albert es abogado de Gobernanza Alimentaria.

La Unión Europea ha decidido aplicar sanciones económicas a Rusia como respuesta no violenta a la invasión de Ucrania de las tropas rusas. Esta decisión es evidente que comporta un impacto económico, no solo en la economía rusa y ucraniana sino en todos los operadores implicados en el comercio internacional, por no citar el impacto general de la economía derivado de la inestabilidad de las bolsas y la subida de intereses y los precios.

El sector alimentario de España tiene en ese mercado un gran cliente. Este importa productos del sector primario, agrícola y ganadero, y también productos elaborados. Con el inicio de la primavera el sector frutícola se prepara cada año para organizar la logística del transporte de productos frescos o perecederos, que tendrá su apogeo con la llegada de la fruta dulce en el verano. Por otro lado, la programación de la producción ganadera, sin esa implicación estacionaria, sigue su ciclo particular de ciclos reproductivos constantes. El conflicto comporta para toda la economía, y en este sector en particular, un impacto enorme. Se van a perder mercados, y la capacidad de absorción, de los mismos productos, de mercados alternativos no va a ser suficiente. Proponer una oferta alternativa exige nivel de productividad, aguante financiero y capacidad de reinventar una oferta adecuada a la demanda de la sociedad.

Pero, además, el conflicto bélico trae consigo consecuencias importantes en el abastecimiento de productos de Ucrania. En particular interesa destacar la importancia del impacto en el comercio mundial de grano.

“Este panorama no es, desgraciadamente, nuevo en el escenario geopolítico mundial”

La producción de alimentos en Europa se verá afectada por la falta de forraje procedente de Ucrania, uno de los principales proveedores europeos de grano. Esto va a afectar de manera importante al sector agroalimentario de España, que va a tener que conseguir fuentes de aprovisionamiento alternativas, presumiblemente a precios más elevados.

Este panorama no es, desgraciadamente, nuevo en el escenario geopolítico mundial. Si en el siglo pasado asistimos al pulso echado por los países líderes de la economía mundial para afrontar conflictos políticos (recordemos las leyes de los USA de sanción del comercio con Cuba, con Irán …), en el siglo actual lo hemos seguido viendo en las medidas de restricción comercial, relacionada con el crecimiento de la capacidad tecnológica de China, y otras actuaciones en los mercados internacionales no acordes con las reglas de la OMC.

En el verano del 2014, hace ocho años, la Unión Europea adoptó medidas económicas restrictivas contra Rusia, por sus actuaciones desestabilizadoras de la situación política en Ucrania. Estas se concretaron en un reglamento adoptado el 31 de julio de 2014. Rusia no tardó más que siete días en reaccionar decretando un veto a las importaciones de determinados productos agroalimentarios de países de la Unión Europea. El veto causó un descenso del 13% de las exportaciones de la economía española. Al sector agroalimentario le supuso una pérdida del 2% de las exportaciones directas, y un 5% de las exportaciones indirectas, realizadas a través de otros países. A nivel europeo supuso unas pérdidas estimadas en 7.000 millones de euros y pusieron en riesgo 400.000 puestos de trabajo en Europa. Esta medida provocó una crisis importante en el sector de la fruta dulce (de piñón), en plena campaña exportadora, que los mecanismos ordinarios de la financiación compensatoria, previstos por la reglamentación europea, no solucionaron de manera satisfactoria. El 40% de las exportaciones de este subsector son destinadas a Rusia. Esa decisión puso en peligro la continuidad de 50.000 explotaciones españolas.

"Las decisiones políticas, de carácter disuasorio o intimidatorio, comportan siempre consecuencias económicas de un valor de difícil precisión, pero de probable estimación"

Las decisiones políticas, de carácter disuasorio o intimidatorio, comportan siempre consecuencias económicas de un valor de difícil precisión, pero de probable estimación. Los mecanismos de compensación previstos por la reglamentación del país que las adopta, como medida de presión política, no son suficientes para compensar las pérdidas sufridas por la economía en general y por el sector empresarial en particular. Los ejemplos son numerosos. En el sector agrícola la normativa comunitaria dispone de mecanismos de compensación financiera ante crisis (no climatológicas) que en términos generales apenas suelen alcanzar un 10% de las pérdidas. En el caso del veto de Rusia del verano del 2014 el sector de la fruta dulce española sufrió unas pérdidas importantes que los mecanismos de crisis comunitarios apenas cubrieron. El Tribunal de Luxemburgo no aceptó las pretensiones de una demanda por responsabilidad extracontractual de la Comisión europea presentada por una de las empresas afectadas. Consideró la actuación comunitaria conforme a la normativa. “Dura lex, sed lex”. El valor jurídico de esa demanda queda para el registro de la jurisprudencia del tribunal comunitario, no por la negativa al derecho a obtener una compensación, sino por primicia de la iniciativa de reclamación de una compensación económica por daños sufridos por una decisión política.

Han pasado ocho años desde la anexión rusa de Crimea. Aquella fue una crisis importante, con consecuencias económicas, pero sobre todo políticas, que hacía presagiar que se trataba solamente del inicio de futuras crisis.

La Unión Europea ha adoptado las medidas disuasorias que ha considerado oportunas para afrontar, por una vía no bélica, la crisis generada por el ataque a Ucrania. Mientras estas se aplican, el número de muertos provocados por la guerra va creciendo dramáticamente, y de manera inevitable las pérdidas económicas van en aumento, sin que se prevea que haya mecanismos de compensación suficientes para paliar el daño a las empresas y ciudadanos. Ciertamente, aunque se trate de dos aspectos diferentes, no hay que dejar de lado las consecuencias que puede suponer el conflicto en la producción y el coste de los alimentos. La dependencia exterior del abastecimiento del forraje, procedente en buena parte de Ucrania, hace aflorar con mayor fuerza el interés en el desarrollo alternativo de la proteína vegetal y animal en la alimentación, y en la sostenibilidad de los sistemas de producción.

En los tratados fundacionales de la Comunidad Europea, la agricultura constituyó un interés fundamental en los primeros países que la integraron. El objetivo prioritario era la garantía de una producción suficiente, para alimentar a una población que acababa de sufrir una guerra atroz. Posteriormente, alcanzado ese objetivo, la estabilidad de los precios en un mercado en libre competencia fue la siguiente preocupación. En la actualidad, la sociedad europea, y mundial, se interroga sobre la sostenibilidad del planeta, si no se modifican los parámetros habituales de los sistemas productivos. El futuro que está llamando a la puerta, con la crisis actual, exige reaccionar con urgencia para conseguir esa transformación, que avanza lentamente. Debe conseguirse antes de que sea demasiado tarde, y haya que volver a situar el abastecimiento alimentario a precios asequibles como objetivo prioritario, como ya lo fuera en la fundación de la Comunidad Europea.

“La dependencia exterior del abastecimiento del forraje, procedente en buena parte de Ucrania, hace aflorar con mayor fuerza el interés en el desarrollo alternativo de la proteína vegetal y animal en la alimentación, y en la sostenibilidad de los sistemas de producción”

La Unión europea dispone de mecanismos de gobernanza para afrontar crisis. Lo ha hecho frente a las crisis económicas, alimentarias y de salud pública, y ahora tiene que afrontar la crisis bélica con los mecanismos a su alcance, y los que necesariamente va a tener que crear ante una coyuntura tan inesperada como inimaginable.

La crisis que se avecinaba, y que ya está aquí, no nos tiene que hundir en la obsesión de hacernos creer que es única en la historia de la humanidad. Un ateniense del siglo V a.C. de 50 años de edad había participado en tres guerras, había visto cómo la peste diezmaba su ciudad, había sufrido la invasión y reducción a escombros de Atenas, y conocía la escasez y el hambre dentro de un repertorio cíclico y garantizado. Asimismo, un occidental de la misma edad de mediados del siglo XX habría hecho dos guerras mundiales, con un resultado de 90 millones de muertos, una epidemia de gripe con 50 millones de fallecidos, además de otras crisis económicas de diversa condición. Son datos que no por relativamente lejanos son menos desgarradores. Pero debemos asumir que, aunque estamos en una sociedad cambiante, no por ello hay que aceptar que vivimos un escenario catastrófico único. La sociedad cambia, evoluciona, y no podemos ser meros espectadores.

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